Tarazona (Zaragoza)

Sabía que junto con Teruel y Calatayud, Tarazona guarda los mejores ejemplos mudéjares de Aragón, sin embargo, en una tarde descubrí que no sólo es una ciudad con una sorprendente y variadísima arquitectura, sino una villa con alma, de ésas que envuelven y dan ganas de desentrañar.

Singular diversidad, impresa como un sello en su carácter, la hace irresistiblemente invitadora y misteriosa al mismo tiempo. A veces oscura y silenciosa, otras rumorosa y llena de luz, Tarazona, como si quisiera contar su larga historia, muta a cada paso. De lejos se la ve imponente, apiñada sobre una suave loma mirando al sol y al río Queiles. Impresiona también su Catedral, un templo en estilo gótico, al que se le agregaron con el tiempo un cimborrio y una espectacular torre mudéjares. 

La Plaza de Toros Vieja resulta una de las más singulares de España. Construida a fines del siglo XVIII, su planta octogonal está rodeada desde sus orígenes por viviendas que aún hoy siguen habitadas.

Y luego de cruzar el río, a medida que uno empieza a subir y las calles se ensombrecen en su estrechez, atrapa la magia del Barrio Alto con su arquitectura desordenada, sus muros viejos sobre muros aún más viejos, el Palacio Episcopal sobre los cimientos moros, restos de murallas medievales en el medio de la villa, la judería intacta en las casas colgadas, el barrio del Cinto, donde según cuentan se originó la ciudad. En la cima de la loma, luego de descubrir más iglesias, exquisitas torres y edificios de corte mudéjar, deslumbra el Ayuntamiento, un edificio renacentista cuya fachada profusamente decorada se ha convertido en símbolo e imagen de la ciudad.


















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