viernes, 5 de junio de 2015

Maider Osta


Nombras el árbol, niña. 
Y el árbol crece, lento y pleno, 
anegando los aires, 
verde deslumbramiento, 
hasta volvernos verde la mirada. 

Nombras el cielo, niña. 

Y el cielo azul, la nube blanca, 

la luz de la mañana, 
se meten en el pecho 
hasta volverlo cielo y transparencia. 


Nombras el agua, niña. 

Y el agua brota, no sé dónde, 

baña la tierra negra, 
reverdece la flor, brilla en las hojas 
y en húmedos vapores nos convierte. 


No dices nada, niña. 

Y nace del silencio 

la vida en una ola 
de música amarilla;

su dorada marea 
nos alza a plenitudes,
nos vuelve a ser nosotros, extraviados. 


¡Niña que me levanta y resucita! 

¡Ola sin fin, sin límites, eterna!

Octavio Paz